Polémico

"Una mujer le daba de comer por las noches": la historia oculta del viborón del cementerio

Cuando cae la noche y la luna llena se alza sobre las cruces, el Cementerio de la Santa Cruz se convierte en un lugar temido por muchos salteños.

QPJ SOCIEDAD

Fundado en 1856, cuando la ciudad de Saltatodavía terminaba mucho antes de sus muros, el cementerio nació con el nombre de Cementerio Cristiano de la Cruz. Estaba lejos, aislado, pensado para mantener a la muerte a distancia. Hoy quedó atrapado en medio del ruido: edificios, boliches bailables y la terminal de ómnibus lo rodean, como si la vida moderna hubiera decidido avanzar sin pedir permiso.

De día, el lugar parece un museo a cielo abierto. Mausoleos imponentes, esculturas funerarias, galerías de nichos donde descansan familias tradicionales, militares, políticos y figuras que marcaron la historia salteña. Pero cuando cae el sol, el aire cambia. Y los más viejos aseguran que no es imaginación.

La noche en que aparece el viborón

Dicen que en noches de luna llena, cuando el silencio es tan espeso que se escucha el propio corazón, algo se mueve entre las tumbas. No es una serpiente común. El viborón, según la tradición oral, es enorme, oscuro, viscoso. Algunos juran haber visto sus ojos encendidos, como brasas, reflejándose entre las cruces de hierro.

No aparece en cualquier parte. Se desliza, dicen, cerca de tumbas marcadas por vidas violentas, pecados pesados o muertes sin paz. Para algunos es castigo. Para otros, un guardián. Una advertencia para quien ose romper el silencio sagrado del cementerio.

El origen más oscuro del mito

Entre las muchas versiones, hay una que hiela la sangre. Antiguos vecinos y relatos recopilados por el escritor Oscar Wayar hablan de un nacimiento maldito. Según esa historia, el viborón fue un niño que nació con cuerpo de víbora y cabeza humana. Su madre, aterrada, lo arrojó al cementerio creyendo que así enterraba la desgracia.

Pero una mujer lo encontró. Y lo cuidó.

Todos los días le llevaba pan y leche. Hasta que la criatura empezó a crecer. Y a cambiar. Con el tiempo, ya no se ocultaba entre las tumbas. Salía de noche. Primero fueron gatos. Después perros. Y algunos aseguran que empezó a seguir el rastro de los visitantes.

Cuando la mujer que lo protegía murió, los sepultureros tomaron una decisión extrema: lo encerraron en un nicho sin puertas ni ventanas, completamente sellado.

El nicho que nadie quiere tocar

Ese nicho todavía existe. Está cerca de la entrada principal. Tiene forma de semicírculo y no presenta ninguna abertura visible. Los guías lo señalan, bajan la voz y siguen caminando rápido.

Hay quienes aseguran haber escuchado resoplidos, como si algo respirara con dificultad detrás del muro. Otros dicen que, en ciertas noches, brota un líquido oscuro y espeso por una pequeña rendija, parecido a sangre vieja.

Los creyentes no dudan: el viborón sigue ahí.

Comentarios

Tucomentario

Nombre

Más de Sociedad