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Jujuy, puerta de la ropa usada: el 90% entra por el norte y golpea al comercio

El dato sacudió al comercio del NOA: el 90% de la ropa usada que entra al país pasa por Jujuy. Denuncian cierre masivo de locales, competencia desleal y un riesgo sanitario que ya genera alarma.

QPJ JUJUY

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La postal ya no sorprende, pero sí preocupa. Fardos de ropa usada cruzan la frontera y se acumulan en distintos puntos de Jujuy antes de ser distribuidos al resto del país. Según la Cámara de Comercio, la provincia se transformó en el principal canal de ingreso de esta mercadería, con un número que alarma: casi todo lo que entra termina pasando por el norte.

El circuito es aceitado. La ropa llega desde el exterior, principalmente vía Bolivia, y rápidamente se inserta en ferias informales y puestos callejeros. Desde ahí, se multiplica en distintas ciudades argentinas, con precios imposibles de igualar para cualquier comercio formal.

Negocios que bajan la persiana

El impacto en el centro jujeño ya es visible. Locales vacíos, carteles de alquiler y persianas bajas forman parte del paisaje. Casi 100 comercios cerraron en lo que va del año, según datos del sector, en medio de una caída sostenida de ventas.

La ecuación es directa: mientras el comerciante formal paga impuestos, alquileres y sueldos, la ropa usada entra sin esas cargas. Esa diferencia termina inclinando la balanza.

"Competir así es imposible", repiten. La bronca crece porque, además de perder ventas, sienten que el sistema los deja en desventaja frente a un circuito que no tiene controles ni obligaciones.

Un dato que genera polémica

Hay un punto que encendió aún más la discusión. Desde el sector aseguran que Argentina es uno de los pocos países del mundo, junto a uno de África, que permite el ingreso de ropa usada sin controles estrictos.

En gran parte del mundo, este tipo de mercadería está restringida o directamente prohibida por cuestiones sanitarias y de protección a la industria local. Acá, en cambio, el circuito sigue vigente y, según denuncian, en expansión.

El riesgo que casi nadie mira

Más allá de lo económico, hay una preocupación que empieza a tomar fuerza: la salud. La ropa usada puede haber pasado por múltiples manos, almacenamientos y traslados sin condiciones adecuadas.

Comerciantes advierten que no hay garantías sobre su desinfección ni trazabilidad. Eso abre la puerta a la presencia de bacterias, hongos o residuos químicos que podrían afectar a quienes las compran.

En un contexto de bolsillos ajustados, muchas familias optan por estas prendas sin saber su origen ni el tratamiento que recibieron. Ahí es donde aparece el mayor riesgo: un consumo impulsado por la necesidad, pero sin información.

Un reclamo que apunta a Nación

El pedido del sector es concreto y urgente. Exigen controles reales en frontera, reglas claras y condiciones equitativas para competir.

"No se trata de frenar el consumo, sino de ordenar el mercado", plantean. La sensación es que, si no hay cambios, el avance de la informalidad seguirá empujando al cierre de más locales.

Mientras tanto, en las calles del norte la tendencia ya es visible: menos negocios formales y más puestos de ropa usada. Un cambio silencioso que avanza rápido y que ya está dejando consecuencias.

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