Encontraron 35 cadáveres de mujeres y niñas en un descampado
Durante tres décadas, una zona aislada junto a la autopista I-45 se convirtió en escenario de desapariciones y homicidios sin un responsable identificado
Entre los años 70 y 2006, una extensión pantanosa situada cerca de la autopista interestatal 45, al sureste de Houston, acumuló uno de los expedientes criminales más espeluznantes de Estados Unidos. En ese terreno, conocido con el tiempo como los campos de la muerte, aparecieron más de 30 cadáveres de mujeres y niñas sin que la justicia lograra esclarecer quién las mató.
Todas las víctimas compartían un patrón inquietante: eran jóvenes -muchas de ellas menores de edad-, tenían características físicas similares y, según los investigadores, habrían sido agredidas sexualmente antes de ser asesinadas. Nunca se halló un cuerpo masculino en la zona.
El FBI intervino desde los primeros casos y describió el lugar como ideal para ocultar homicidios: un pantano de unas diez hectáreas donde los gritos no se escuchaban y del que era imposible escapar corriendo. El director de la película Texas Killing Fields, basada en estos hechos, resumió el clima del sitio: "Se veían las refinerías y la I-45, pero si gritabas, nadie te oía".
La primera víctima identificada fue Colette Anise Wilson, de 13 años, desaparecida en 1971 y hallada meses después. Le siguieron Brenda Kaye Jones, de 14, y una larga lista de jóvenes cuyos cuerpos fueron encontrándose casi año tras año. A pesar de las coincidencias entre los casos, ni la policía local ni los agentes federales consiguieron vincular los crímenes a una sola persona.
El primer detenido fue Michael Lloyd Self, un playero con antecedentes por delitos sexuales que confesó bajo interrogatorio el asesinato de dos adolescentes en 1972. La declaración quedó bajo sospecha cuando denunció haber sido torturado por la policía y cuando varias pruebas no coincidieron con su relato. Murió en prisión en el año 2000 sin que se confirmara su responsabilidad.
Otro sospechoso fuerte fue Edward Harold Bell, un exhibicionista de la zona que conocía a dos de las víctimas y que, durante años prófugo, envió una carta adjudicándose once asesinatos cometidos entre 1971 y 1977. Sin pruebas biológicas que lo vincularan a los cuerpos, nunca fue juzgado por esos hechos. Falleció en 2019, manteniendo el misterio intacto.
También se investigó a Mark Stallings, un secuestrador que confesó un homicidio cometido en 1991 y el abandono del cuerpo en el mismo terreno, pero su responsabilidad en el resto de los casos tampoco pudo probarse.
A más de cinco décadas del hallazgo inicial, nuevos nombres emergieron como posibles implicados, pero ninguno fue confirmado. La mayoría de los asesinatos continúa sin resolver y el pantano junto a la I-45 sigue siendo uno de los enigmas criminales más inquietantes de Estados Unidos.


Comentarios